Detrás de las góndolas de galletitas y pastas de Brasil hay una compañía que mueve volúmenes propios de un jugador agroindustrial. M. Dias Branco, el mayor fabricante de esos productos en el país vecino, adquiere alrededor de un millón de toneladas de trigo por año y muele buena parte de ese cereal en instalaciones propias. Una porción de ese trigo llega desde Argentina y otros mercados externos, según la información de la empresa.

La firma no produce trigo: se abastece de cereal brasileño e importado, y el volumen y el origen cambian según cómo esté el mercado. Esa dependencia externa explica en parte por qué muchas de sus plantas están en el nordeste brasileño, con infraestructura portuaria para descargar granos de los buques y llevarlos a los molinos.

De una panadería de Ceará a 15 complejos industriales

La historia arranca en 1940, cuando el inmigrante portugués Manuel Dias Branco abrió la Padaria Imperial en Fortaleza, capital de Ceará. Trece años después se sumó su hijo Ivens Dias Branco, con apenas 17 años, que empujó la producción industrial de galletitas y convenció a su padre de incorporar maquinaria. De aquella fábrica quedó el nombre Fortaleza, que hoy identifica a una de sus marcas.

El salto de escala llegó en los años 90, cuando la empresa dejó de comprar harina y empezó a invertir en molinos propios. Así pasó a adquirir trigo directamente y a procesarlo: abastece sus fábricas y además vende harina a terceros.

Hoy la compañía tiene siete molinos repartidos entre el nordeste y el sur de Brasil, en Fortaleza, Eusébio, Natal, Cabedelo, Salvador, Rolândia y Bento Gonçalves. El de Eusébio puede procesar 650 toneladas diarias y el de Rolândia, 400 toneladas por día. En Bento Gonçalves, además, cuenta con capacidad para almacenar unas 80.000 toneladas de trigo.

Casi toda la harina sale de casa

Esa red industrial le permite autoabastecerse casi por completo. En el último trimestre de 2025, el 99,6% de la harina que usó en sus fábricas salió de sus propios molinos. La empresa también elabora la totalidad de las grasas vegetales que emplea en sus procesos.

Parte de la harina se convierte en pastas y galletitas; otra se vende bajo marcas como Finna a panaderías, restaurantes y otras industrias alimenticias. A eso se suman margarinas y grasas vegetales para consumo final y para clientes industriales. La molienda deja además salvado de trigo, un subproducto con peso en el sector agropecuario.

En el plano comercial, sus productos llegan a los supermercados brasileños con sellos como Vitarella, Piraquê, Adria, Fortaleza, Richester, Isabela, Finna y Jasmine. La estructura actual incluye 15 complejos industriales en Brasil, una planta en Uruguay y 35 centros de distribución.

Los números de 2025 marcan la dimensión del negocio: comercializó 1,81 millones de toneladas de alimentos y facturó 10.438 millones de reales, equivalentes a unos 1.900 millones de dólares. Con más de ocho décadas de trayectoria, la compañía combina la venta de alimentos elaborados con una operación de molienda que la ubica entre los grandes compradores de trigo de la región.