El walkman fue el reproductor portátil que, durante los años 80, convirtió la música en una experiencia individual y móvil. Sony lo lanzó en 1979 y el aparato combinaba casetes, pilas y auriculares: con esa fórmula simple, cada persona podía elegir su banda sonora para un viaje, una caminata o una rutina de ejercicio, sin depender de un equipo de sonido en casa.

Su vigencia como tema de conversación no es casual. Antes de los teléfonos inteligentes, las plataformas de streaming y los auriculares sin cables, el walkman ya había instalado una idea que hoy resulta habitual: cargar una biblioteca musical en el bolsillo.

Cómo funcionaba el aparato

El uso era mecánico y directo. Se insertaba una cinta de casete, se conectaban los auriculares, se colocaban las pilas y se apretaba el botón de reproducción. Los controles físicos permitían avanzar, rebobinar o detener la música. El equipo entraba en una cartera, en un bolsillo amplio o se enganchaba al cinturón.

La novedad no pasaba solo por el tamaño. El walkman no tenía parlantes incorporados: el sonido quedaba reservado para quien usaba los auriculares. Esa decisión cambió un hábito que hasta entonces solía desarrollarse en los espacios compartidos de la casa.

Antes de su llegada, los discos de vinilo exigían un tocadiscos y altavoces. Las grabadoras de carrete a carrete daban algo de movilidad, pero eran grandes y caras. Los casetes compactos achicaron el soporte, aunque faltaba un equipo que permitiera escucharlos con libertad mientras se estaba en movimiento. Sony juntó esas condiciones en un dispositivo pequeño, a baterías y pensado para el uso personal.

La música dejó de tener dirección fija

Con el walkman, la música se desprendió de la sala, la habitación o el auto. Por primera vez, una persona podía definir qué escuchar, a qué volumen y en qué momento sin modificar el entorno de quienes la rodeaban en el transporte o en la calle.

El aparato se asoció rápido con la juventud, los viajes urbanos, las caminatas y el ejercicio. Salir a correr con auriculares todavía no tenía el nombre de “runner”, pero la posibilidad de moverse con música propia ya cambiaba la manera de usar el tiempo libre.

Los casetes sumaron otra capa: permitían grabar selecciones con temas de distintos artistas. Esas cintas armadas en casa funcionaban como una elección personal y anticipaban la lógica de las listas de reproducción actuales.

Del objeto de culto al nombre genérico

El impacto cultural también quedó registrado en la música argentina. En “Peluca telefónica”, tema incluido en Yendo de la cama al living, publicado en 1982, Luis Alberto Spinetta le pregunta a Charly García: “¡¿Ese es tu walkman?! Qué moderno que es...”. La frase retrata la novedad que representaba el equipo en ese momento.

El fenómeno fue tan amplio que “walkman” dejó de nombrar solo a un modelo de Sony. Con el tiempo, el término se usó para cualquier reproductor portátil de casetes, aunque lo hubiera fabricado otra empresa. Esa conversión de marca comercial en palabra de uso diario muestra la dimensión del fenómeno: el walkman fue uno de los objetos tecnológicos que marcaron la década de 1980 al unir un formato musical popular con una nueva forma de consumo.

El walkman sentó las bases de la música portátil moderna. Después llegaron los reproductores de CD, como el Discman; más tarde, los equipos de MP3, el iPod y, finalmente, los teléfonos inteligentes con acceso a catálogos digitales. Cada etapa sostuvo la misma promesa: llevar canciones a cualquier lugar. La diferencia estuvo en la capacidad de almacenamiento: un casete contenía un álbum o una recopilación.