La Copa América de 1975 no fue solo un torneo para Perú. Mientras la selección se preparaba para jugarla, el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado impulsaba un plan para intervenir el fútbol profesional y devolverlo al amateurismo. El título que la blanquirroja terminó levantando en octubre de ese año, sin sede fija y con partidos de ida y vuelta, funcionó como un freno a esa iniciativa y como una defensa del fútbol de clubes.

El origen del plan intervencionista

La idea de estatizar el fútbol no surgió de la nada. Después del séptimo puesto en el Mundial de México 1970, la ilusión de estar a la altura de las potencias se derrumbó cuando Chile eliminó a Perú en las eliminatorias para Alemania 1974, en un partido definitorio jugado en Uruguay. Para el gobierno de turno, ese fracaso justificaba intervenir el deporte profesional.

El encargado de ejecutar el plan era el Instituto Nacional de Recreación y Deporte (Inred), bajo la conducción de Guillermo Toro Lira. La intención era replicar el modelo cubano en el fútbol peruano. En un contexto de crisis económica, confiscación de medios, censura y deportación de opositores, la medida aparecía como parte de un giro radical del régimen.

Clubes y jugadores se plantaron

A diferencia de otras disposiciones del velasquismo, esta vez la reacción fue inmediata. Los clubes profesionales y la mayoría de los jugadores representativos advirtieron que la intervención traería atraso para el desarrollo del país. Desde Palacio no esperaban resistencia, y mediante Toro Lira se anunció que Alianza Lima y Universitario de Deportes se inscribirían en sus ligas distritales para probar la eficacia del modelo.

Mientras tanto, la selección ya tenía un objetivo deportivo: la Copa América de 1975. La conducción fue encomendada a Marcos Calderón Medrano, un entrenador con experiencia en clubes como Sport Boys, Universitario y Sporting Cristal, pero con dos fracasos previos al frente de la selección en los mundiales de Chile 62 e Inglaterra 66. Su designación generó divisiones entre periodistas e hinchas.

La arenga de Chumpitaz

Los jugadores tenían claro lo que estaba en juego. Antes del primer amistoso ante Ecuador, en Quito, Héctor Chumpitaz reunió al plantel y arengó al grupo. Según el recuerdo de Jaime Duarte, el capitán les dijo:

'Hay que ganar, muchachos, por lo que vienen'.

La idea era evitar que al fútbol le ocurriera lo mismo que a la democracia y a la libertad de expresión: desaparecer. El torneo se jugó entre julio y octubre de 1975, sin una sede única, y Perú terminó consagrándose campeón.

El título no solo quedó en la historia deportiva. También significó un revés para el plan de intervención y un respaldo para los clubes profesionales, que lograron mantener el modelo que el gobierno militar quería desmantelar.