Mariana Enriquez publica Conversación con la oscuridad, un libro de no ficción donde desarrolla su idea del terror como herramienta para leer la realidad latinoamericana. La obra, editada por Inti Soledad Bustos, se armó a partir de un archivo de más de sesenta horas de conferencias, entrevistas y clases que la escritora dio en distintos países, sumado a videollamadas entre Mendoza y Tasmania, donde vive hoy.

El libro se organiza en cinco "vértebras" —espacios, tiempos, subjetividades, cuerpos y trauma— en lugar de capítulos. Esa forma refleja su origen oral: Enriquez piensa en voz alta, vuelve sobre lo dicho y se interrumpe para contar algo de su barrio. Bustos describió su propio trabajo como "una humilde operación de necromancia": tomar esa materia hablada y darle cuerpo.

Del miedo que llega por la pantalla al que llega por las noticias

El libro dialoga con Danza macabra, el ensayo donde Stephen King explicó en 1981 por qué escribía lo que escribía. King abrió ese texto con una escena de 1957: estaba en un cine de Connecticut viendo una película de platillos voladores cuando la función se cortó y el gerente anunció que los rusos habían puesto un satélite en órbita. Para King, el terror verdadero empezó ahí, fuera de la pantalla.

Enriquez tiene su propia versión de esa tarde. Después del Nunca Más, las revistas argentinas empezaron a publicar en tapa lo que había ocurrido durante la dictadura. En una aparecía un hombre frente a la Escuela de Mecánica de la Armada con una frase que incluía la palabra "torturar". Ella tuvo que buscarla en el diccionario. Esa búsqueda, escribe, marcó la infancia de una generación que conoció el terror político siendo chica.

La diferencia entre ambos episodios es el tiempo verbal. El miedo de King era el de lo que podía pasar: la bomba, el cielo ocupado por los soviéticos. El de Enriquez es el de lo que ya había pasado y nadie terminaba de nombrar. Es un terror del después, y el libro gira alrededor de esa distinción.

"La realidad tiene la estructura del terror"

La quinta vértebra arranca con una frase que la escritora escucha seguido: "Siempre me preguntan por qué me gusta el terror". Su respuesta larga es que el género sirve para hablar del poder, del cuerpo y de la vulnerabilidad. La corta es más contundente.

"La realidad latinoamericana tiene la estructura del terror. No como metáfora. Como descripción", plantea Enriquez.

Según su planteo, el terror no ilustra el trauma político ni le pone imágenes a lo que la historia ya explicó. Trabaja con materiales que el realismo tiende a neutralizar y mantiene abierta una herida que el relato ordenado solo logra anestesiar. Esa poética atraviesa también su ficción, como en Las cosas que perdimos en el fuego o Nuestra parte de noche.

La genealogía del género

En la primera vértebra, Enriquez retoma la distinción de King entre terror (lo que se anticipa sin verse), horror (la revelación de lo monstruoso) y asco. King prefiere el primero, después el segundo, y recurre al tercero solo cuando los otros no alcanzan. Ella adopta esa jerarquía para el gótico, un género de la insinuación donde pesa más lo que se sugiere que lo que se dice.

La genealogía que traza el libro pasa por Horace Walpole y El castillo de Otranto, por Otra vuelta de tuerca y por el cuerpo de Eva Perón, además del horror de la ESMA. Es un recorrido que combina la tradición del género con materiales propios de la historia argentina.

El título del libro aclara ese origen conversado. Enriquez no construye un tratado cerrado sino una reflexión que avanza y retrocede, con la oralidad como materia prima. La editora Páginas de Espuma, en Madrid, trabajó junto a Juan Casamayor en la versión final.