Alberto "Beto" Peralta camina lotes, revisa planta por planta y junta información para que un productor decida si conviene aplicar un tratamiento, esperar o no hacer nada. Es cordobés, se dedica al monitoreo de cultivos y está considerado entre los mejores del país en esa tarea. También es un personaje que rompe el molde: se presentó en el último congreso internacional de maíz con una remera de Iron Maiden, sin ningún pudor.
"El problema mío es que no es que me salí. Nunca entré", bromea sobre la imagen clásica del ingeniero de camisa prolija. Detrás de esa salida de libreto hay una trayectoria técnica sólida: su rutina consiste en recorrer campos, detectar a tiempo una plaga o una enfermedad y transformar esa observación en un diagnóstico útil.
Del insecto a la persona que decide
Con los años, sus preguntas cambiaron. Al principio lo inquietaban los aspectos técnicos; hoy le importa más qué ocurre cuando ese conocimiento llega a quien tiene que usarlo. "Cuando sos más joven pensás mucho en el conocimiento y la técnica. Cuando te ponés más viejo te ponés a pensar más en el cómo", resume.
El giro tuvo un empujón concreto: una colega fitopatóloga, Margarita, lo desafió a replantear una exposición sobre manejo integrado de plagas. Ese envión lo llevó a estudiar sociología. Buscaba explicaciones que los ciclos biológicos de insectos y hongos no le daban. "Empecé a tratar de entender más las pautas socioculturales que a la técnica en sí", cuenta.
La síntesis de ese recorrido es una provocación incómoda para el rubro: a veces el agrónomo sabe más de la chicharrita que del productor que la sufre en su campo. Conoce el comportamiento del insecto, pero no termina de comprender cómo decide la persona que tiene enfrente. La recomendación llega con respaldo técnico, se aplica y el resultado esperado no aparece. Entonces queda la pregunta de fondo: ¿por qué no funcionó?
Calibrar el equipo antes de salir a la ruta
Peralta trabaja con un equipo que se reúne los lunes en la oficina. Repasan lo hallado en la semana anterior, anticipan lo que puede aparecer en la siguiente y acuerdan qué mirar y dónde poner el foco. A ese intercambio lo llaman "calibrar el equipo". Después cada uno sale a recorrer y casi no se ven hasta el lunes siguiente, aunque siguen conectados por WhatsApp con novedades y consultas.
Sus clientes son productores que a veces tienen ingenieros propios y a veces no. El informe de monitoreo alimenta las decisiones de manejo, y producirlo exige muchas horas de camioneta y otras tantas a pie. En esos trayectos largos aparecen las preguntas que hoy lo ocupan: cómo se transmite la información, qué entiende el otro y qué margen real tiene de llevarla a la práctica. "¿Cómo la transmito a esa información, cómo la hago llegar, cómo trato de verlo distinto para que se aplique? Eso es lo que más pensamos", describe.
Para avanzar en ese camino hay que soltar algunas frases hechas. Decir que todos quieren hacer las cosas bien sirve de poco si después nadie revisa por qué salen mal. Peralta también llama a "tomar conciencia" frente al avance de especies "tropicales" y a profundizar los controles para "evitar burradas".