Pablo Cattani cumplió 60 años y tomó una decisión: dejar de postergar. El ingeniero agrónomo cordobés, especialista en producción y utilización de forrajes conservados, dice que ya no tiene tiempo para seguir diciendo "ya lo voy a hacer". Por eso habla más fuerte. "O lo hago o me callo la boca. Y me puse más jodido que nunca", advierte.

La frase no es un desahogo aislado. Cattani viene cuestionando cómo el sector agropecuario cuenta lo que hace. Su diagnóstico es directo: la comunicación del campo está dominada por el lamento y eso aleja a las generaciones que deberían sumarse.

El problema del relato

Cattani apunta contra un discurso repetido, el de los contratistas que describen su tarea como una cadena de padecimientos. Su respuesta a esa queja es práctica: si el trabajo pesa tanto, conviene replantearlo; si no, hay que mejorarlo y abrir camino a los jóvenes que vienen detrás.

"No me gusta mucho la comunicación del agro. Siempre somos llorones", sostiene este agrónomo que prefiere hablar de oportunidades antes que de condenas. Su idea de fondo es simple: un sector que necesita entusiasmar a los más chicos no puede contarse a sí mismo como una sucesión de sacrificios.

A eso le suma otra incomodidad, la del miedo como motor de las decisiones. Cattani prefiere discutir desde el conocimiento y no desde el interés, y reclama honestidad sobre lo que realmente se quiere debatir.

Producir y conservar, la tensión de fondo

Detrás del lamento aparece otro tironeo que el agrónomo considera central: la necesidad de producir alimentos y la obligación de cuidar los recursos. Para Cattani, el problema empieza cuando cada posición se encierra y deja de escuchar a la otra.

"Por un lado está el productivismo; por el otro lado está el conservacionismo y no nos ponemos de acuerdo", describe. Su propuesta es sentar a todos en la misma mesa y asumir las dificultades de esa convivencia.

"Si somos netamente conservacionistas, nos quedamos sin comida. Si somos netamente industriales, hay algo que se rompe. Bueno, empecemos a pensar seriamente en eso", plantea.

Sin culpa ambiental y con menos químicos

Cuando la conversación pasa de los debates generales a su propia práctica, Cattani no duda. Consultado sobre si tiene culpas ambientales, responde: "No, culpa ambiental no tengo ninguna. Absolutamente ninguna".

Su argumento es que se puede trabajar de manera intensiva y responsable al mismo tiempo. Para explicarlo vuelve a su especialidad, la alfalfa, un cultivo que conoce bien. "Trato de aplicar la menor cantidad de químicos que puedo", señala. Y agrega una ventaja de su sistema: cuando la alfalfa se enferma, se corta y vuelve a salir.

Desde esa experiencia cuestiona los discursos que presentan cualquier intervención química como una catástrofe inevitable. También le molesta cómo cambian las palabras en la discusión pública: "Hace cinco años eran agroquímicos, ahora son agrotóxicos. Pasado mañana va a ser un agroveneno", ironiza.

La discusión sobre los límites de cada sistema productivo queda abierta. Cattani insiste en que el punto de partida debe ser otro: dejar de hablar desde el miedo y animarse a debatir con argumentos.