El próximo 25 de octubre Brasil define su presidencia en un balotaje entre Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva. Para la industria automotriz argentina, esa elección no es un dato lejano: de ella puede depender cómo se negocian los aranceles y las condiciones para fabricar vehículos dentro del Mercosur, en un contexto donde el acuerdo bilateral ya tiene fecha de cambio.

En julio de 2029 está previsto que arranque el libre comercio automotor entre ambos países. Lo que ocurra antes, y quién conduzca Brasil, puede ampliar o acotar esa discusión.

Dos modelos, dos rumbos

Las diferencias entre los candidatos exceden la relación política que cada uno pueda tener con Javier Milei. Una victoria de Bolsonaro podría habilitar una apertura comercial más profunda del bloque. La continuidad de Lula, en cambio, sostendría la política industrial que viene alentando inversiones en el país vecino.

Para las terminales argentinas, la escala es el punto sensible. Brasil tiene un mercado automotor más de cinco veces mayor: entre enero y septiembre de este año patentó 2,16 millones de autos y comerciales livianos, contra 409.791 en la Argentina.

La brecha se agranda al mirar la producción. En esos nueve meses, las fábricas brasileñas hicieron alrededor de 2,05 millones de unidades; las argentinas, 314.975, según Anfavea y ADEFA, las asociaciones que nuclean a las terminales de cada país.

El peso de exportar

Las ventas al exterior explican por qué las reglas comerciales importan tanto. La Argentina envió a otros mercados el equivalente al 64,5% de lo que produjo: 203.072 vehículos. Brasil exportó cerca de 313.400 unidades, un 15,3% de su fabricación.

Esa dependencia de las exportaciones obliga a las plantas locales a buscar destinos para alcanzar volúmenes competitivos. Sin acceso a mercados, la escala argentina queda corta.

El desequilibrio viene de lejos. En diciembre de 1990, antes de que existiera el Mercosur, ambos países firmaron el Acuerdo de Complementación Económica N.º 14 (ACE 14). Con el bloque ya constituido, el sector automotor conservó un régimen propio, actualizado varias veces, para evitar que la mayor escala brasileña concentrara todas las inversiones.

El flex y la cuenta que viene

El mecanismo central de ese esquema es el flex, un coeficiente que fija cuánto puede importar un país de su socio en relación con el valor de sus exportaciones automotrices. Hoy ese coeficiente es 2: la Argentina puede importar hasta US$2 desde Brasil por cada dólar que le exporta, sin perder preferencias arancelarias.

El límite subirá a 2,5 en julio de 2027 y a 3 un año después, según el cronograma previsto. Es decir, la cuenta se inclina cada vez más hacia la apertura, y la elección brasileña puede acelerar o frenar ese rumbo.

Cada decisión de inversión en el sector se toma con años de anticipación: dónde se fabricará el próximo modelo, bajo qué reglas y cuántos empleos generará. Una adjudicación puede sostener una planta y a sus proveedores durante una década; quedar afuera puede condenarla. Con el libre comercio en el horizonte de 2029, la industria argentina se juega algo más que una elección.