En 1985, la investigadora estadounidense Donna Haraway incluyó en su texto “Manifiesto Cyborg: ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX” la frase que hoy se conoce como su sello: “Prefiero ser un cíborg antes que una diosa”. Con esa línea, buscó cuestionar los mitos de pureza que, según ella, limitaban al feminismo de la época.

"Prefiero ser un cíborg antes que una diosa", afirmó Haraway.

El clima intelectual de los 80

Durante la última década de la Guerra Fría, la expansión de la informática y la reconfiguración del capitalismo global generaron un ambiente de incertidumbre tecnológica. En ese contexto, gran parte del feminismo de segunda ola adoptó una postura crítica frente a la ciencia, exaltando la figura de la “Diosa” o la “Madre Tierra” como símbolos de una supuesta esencia femenina inalterable.

Por qué el cíborg reemplaza a la diosa

Haraway consideró que relegar a las mujeres al dominio de lo natural reforzaba estereotipos conservadores que las excluían de la esfera de la razón y la producción futura. Propuso, en cambio, que el híbrido máquina‑organismo —el cíborg— sirviera como metáfora de una identidad sin origen idílico, libre de lealtad a una naturaleza madre y capaz de intervenir directamente en los procesos tecnológicos.

Impacto y legado

El ensayo se convirtió rápidamente en un texto fundacional del posthumanismo y el ciberfeminismo. Su propuesta de construir alianzas políticas a partir de la fragmentación y la contradicción influyó en la literatura de William Gibson, en películas como Blade Runner y The Matrix, y alimenta hoy los debates sobre inteligencia artificial, biohacking y modificaciones corporales.

Perspectiva actual

A lo largo de su carrera, Haraway ha mantenido la defensa de una “responsabilidad material” y el rechazo a cualquier forma de objetividad absoluta. Su visión del cíborg sigue sirviendo de referencia para quienes buscan repensar la relación entre cuerpo, tecnología y poder.