Elena Berchtold aprendió a leer el malestar de un ternero sin necesidad de escucharlo. Una oreja caída, una mirada distinta o un animal que se queda echado mientras el resto corre son pistas que reconoce gracias a una década de trabajo en la guachera de un tambo cordobés. De esa experiencia cotidiana surgió, junto a su hermana Estefanía, una idea concreta: una caravana sanitaria para evitar que las heridas de identificación se infecten en los animales recién nacidos.
La guachera es el sector del tambo donde se crían los terneros pequeños bajo cuidado humano, algo así como un jardín maternal para los futuros ejemplares de producción. Berchtold, de 37 años, vivió diez en San Francisco y hace pocos meses se mudó a Rafaela. Su recorrido laboral estuvo marcado por la lechería y, en particular, por la crianza de los animales que luego se convertirán en vacas productoras.
Un oficio que se aprende observando
El vínculo con los terneros empezaba antes del nacimiento. En el establecimiento cordobés, junto a su hermana, atendía el preparto, los partos y los primeros días de vida. Después los animales pasaban a los corrales y esa etapa quedaba en manos de otras personas. Las hembras suelen seguir su desarrollo para sumarse a la producción lechera; los machos, en cambio, se destinan al engorde para carne.
"Todo lo que yo sé, lo sé gracias a mi hermana", reconoce Berchtold sobre ese aprendizaje que se transmite de manera informal, con observación y responsabilidad sobre seres muy frágiles. Para ella, el cuidado no se limita a la tarea económica: implica interpretar señales que el animal no puede explicar con palabras.
"Si no te nace cuidar un ternerito, tu trabajo no te va a rendir nunca", plantea. La frase resume una concepción del oficio que exige presencia en días de lluvia, con sol o con heladas, y que difícilmente se sostenga solo por el sueldo.
Tecnología y nuevas herramientas
En diez años, Berchtold vio cambiar las herramientas de trabajo. Al principio trasladaba un recipiente de 50 litros en un carrito; luego se incorporaron equipos para preparar y manejar la leche destinada a los terneros. Cuando dejó el establecimiento, se estaban terminando de instalar dos sistemas de alimentación automática, una especie de mamadera automatizada que dosifica la leche por etapas y genera información sobre la nutrición de cada animal.
Ese tipo de equipamiento reduce el esfuerzo físico y libera tiempo para otras tareas. La experiencia de Berchtold se conoció en el último encuentro de Mujeres de la Ruralidad, realizado en Mar del Plata, donde compartió su recorrido como "profesional de campo", una categoría que describe un oficio aprendido en la práctica diaria.
La historia de las hermanas Berchtold muestra que la innovación en el tambo también puede nacer de la observación atenta y del cuidado cotidiano, incluso antes de que existan soluciones tecnológicas disponibles.