¿Qué queda de una obra cuando pasa por dos idiomas antes de llegar al lector? La pregunta no es teórica: tiene un caso concreto que llegó al español hace poco. En 1922, el erudito chino Lin Shu publicó su versión de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha sin saber una palabra de español. Trabajó desde traducciones inglesas y el resultado se editó en español recién en 2023, cuando la editorial argentina Mil Gotas sacó la retraducción a cargo de Alicia Relinque.

El texto deja ver las huellas del camino. El sacerdote aparece como médico, el protagonista figura casi siempre como Quisada y las descripciones demasiado extensas quedaron recortadas. Lin Shu lo tituló Historia del caballero encantado.

Un método que no pedía permiso

Lin Shu era una autoridad en literatura clásica confuciana. Había enviudado y la lectura se le había vuelto un recuerdo lejano hasta que un amigo recién llegado de Francia le contó el argumento de La dama de las camelias, de Alejandro Dumas. El entusiasmo lo llevó a encarar un plan mayor: traducir las obras más importantes de la literatura europea para contribuir al desarrollo cultural de su país.

Para el Quijote se apoyó en su asistente Chen Jialin, que dominaba el inglés, y en versiones de Peter Motteux (1700), Charles Jervas (1742) y posiblemente John Ormsby (1885). No dudó en recortar y editar el original. Su meta era modernizar la cultura china y llegar a los lectores.

"La verdadera traducción es aquella que se hace desde un no saber. Desde la incerteza. Desde la falta. Desde la ausencia", escribió Damian Tabarovsky en el prólogo del libro.

Tabarovsky reivindica ahí la "mala literatura", la que se opone a "la escritura como momia, museo vacío, reproducción de lo dado". Sobre el resultado de Lin Shu sentencia: es "la misma historia, vuelta otra", y se pregunta si no es esa una buena definición de la literatura misma.

El ajedrez como otra forma de traducir

La escena se repite en un subsuelo de la Avenida Corrientes, el Café Rex, entre humo de cigarrillos. Witold Gombrowicz mira el tablero sin levantar la vista y Virgilio Piñera duda frente a una torre blanca que dejó colgada. Alrededor, tres amigos siguen la partida. La anécdota sirve para mostrar que la traducción también es una lectura con intereses propios: alguien que interpreta, elige y a veces pierde piezas en el camino.

El caso de Lin Shu no es una rareza aislada. Cada retraducción abre la pregunta por lo que se conserva del original y por lo que se crea en el trayecto. La versión china del Quijote, recuperada casi un siglo después, es la prueba de que el teléfono descompuesto de la literatura no solo distorsiona: también produce obras nuevas.