Mario Pergolini vivió una escena de backstage que pocos pueden contar y que él mismo definió como una de las grandes desilusiones de su vida. Ocurrió durante una de las primeras visitas de los Rolling Stones a la Argentina, en los shows que organizaba Rock & Pop, la radio que el conductor tenía en esos años. La historia la repasó en Otro Día Perdido, el programa que lleva adelante en Eltrece, justo el día en que el estudio recibió a Ronnie Wood.

La escena tuvo como protagonista a Keith Richards, que bajó al backstage rodeado de seguridad y con su andar característico. Según recordó Pergolini, el guitarrista se adueñó del lugar apenas entró: "Era como el diablo bajando para vos". En la mano llevaba su clásico vaso naranja, el famoso destornillador que mezcla vodka con jugo de naranja.

El vaso abandonado y la decisión

En un ambiente con poca gente, Richards apoyó el vaso sobre una mesa y se alejó por unos instantes. Ahí fue cuando Pergolini y su amigo Eduardo vieron la chance. "Dijimos: 'bajémonos el destornillador'", contó el conductor. La idea era tomar un trago del vaso ajeno para sentir, aunque sea por un segundo, algo del aura del músico.

Para explicar la lógica de la decisión, Pergolini usó una comparación que tomó de su compañero Rada: era como si el Papa dejara el cáliz con el vino consagrado y alguien pasara y se lo tomara. La imagen cerró con una síntesis de Aristarán: "Un Rolling más".

El reparto fue simple: medio vaso cada uno, para dejarle al guitarrista lo que quedaba. Ambos bebieron convencidos de que estaban ante una poción mágica. Pero no pasó nada. "Es como cuando estás esperando la poción mágica de las películas, que el tipo toma y no reaccionás. No te volvés el superhéroe ni nada", graficó Pergolini.

La explicación que arruinó el ritual

El golpe final llegó después: el vaso no tenía alcohol. El destornillador de Richards era, en ese momento, jugo de naranja puro. Entre los conductores surgieron teorías sobre por qué no había vodka. Una de las hipótesis fue que el equipo del músico ya le servía solo jugo, sin alcohol, ante la evidencia de que su cuerpo no toleraba más. "Ya ni pega", apuntó Botto, y Aristarán admitió: "Puede ser".

El desenlace fue tan cómico como contundente. Pergolini y su amigo se habían tomado medio vaso de jugo cada uno con toda la ceremonia de un ritual sagrado. "Una desilusión. Cara de culo toda la noche", cerró el conductor, entre las risas de sus compañeros. Aristarán remató con una conclusión propia: "Por eso no sos del todo malo vos. No llegaste a tomar el elixir adecuado".

La anécdota, contada décadas después en tono de humor, retrata una época en la que los músicos más grandes del mundo llegaban a Buenos Aires y el contacto con ellos dependía más del azar y la audacia que de cualquier protocolo. Pergolini, una de las figuras centrales del entretenimiento y la radio argentina de los noventa, estuvo en ese backstage. Solo que el elixir no estaba donde esperaba.