El equipo económico que conduce Luis Caputo tiene una tarea que se puede resumir en una sola frase: conseguir financiamiento para sostener el tipo de cambio y, con eso, intentar anclar la inflación. Esa hoja de ruta guarda un parecido difícil de ignorar con la que el propio Caputo aplicó durante el gobierno de Mauricio Macri, y con la que intentó sostener la convertibilidad el primer ministro de Economía de Fernando de la Rúa, José Luis Machinea, a comienzos de los 2000.

La comparación no es caprichosa. En aquel entonces, mantener un peso sobrevaluado exigía un ingreso permanente de capitales externos. Ese mismo dólar barato que beneficiaba a las clases medias y a quienes giraban dividendos al exterior era, al mismo tiempo, el motor de una recesión que ya había arrancado en 1998 y que empujaba el desempleo a niveles históricos. No existía todavía el colchón del trabajo por plataformas y la exclusión social crecía hasta encontrar expresión política en los movimientos piqueteros.

El diagnóstico que no alcanza

Un integrante del equipo de Machinea lo tenía claro en las conversaciones informales de esos meses. Sabía que sostener el tipo de cambio dependía de un flujo de crédito externo cada vez más esquivo, lo que ataba la gestión a organismos como el FMI. Sabía, también, que ese mismo esquema profundizaba la recesión. El riesgo país escalaba sin pausa y desde la city se reclamaba más ajuste o se rescataba una idea que había circulado al final del gobierno de Carlos Menem: dolarizar de iure.

La pregunta insistente era por qué no se tomaban decisiones sobre los dos problemas centrales. La respuesta quedó grabada: "Es el dilema del decisor cuando todas las soluciones son malas", dijo el funcionario. A Machinea lo sucedieron Ricardo López Murphy, por pocos días, y Domingo Cavallo, que llegó tarde y ensayó el Megacanje para no cortar el flujo de divisas y los planes de competitividad sectorial, una devaluación encubierta por vía tributaria.

Octubre de 2026, con otro contexto

La historia no se repite igual. La estructura económica y social actual no es la de la precrisis de 2001. Pero hay circunstancias que persisten casi como un calco. La "bazuca" que mencionó Javier Milei para enfrentar a los "desestabilizadores" del mercado pasó de 75.000 millones de dólares a 125.000 millones en pocos días, un salto que alimenta las dudas sobre la credibilidad de las cifras oficiales.

El paralelo con la primera Alianza —la de De la Rúa, distinta de la segunda, el macrismo, y de la tercera, el gobierno de Milei— no es un ejercicio nostálgico. Es la constatación de que los mismos problemas pueden reaparecer con otro ropaje y que, cuando todas las opciones son malas, la demora en decidir también es una decisión.