Hollywood encontró en el cine español una cantera de historias probadas en taquilla. El fenómeno dejó una serie de adaptaciones con elencos de peso y recursos técnicos, aunque en la mayoría de los casos el resultado quedó por debajo del original. La explicación que suele repetirse entre críticos y espectadores apunta a lo mismo: las películas nacen de un tiempo y un lugar concretos, y trasladarlas de coordenadas les cambia el sabor.
El caso más recordado
Abre los ojos, de Alejandro Amenábar, llegó a los cines en 1997 y se convirtió en una de las obras centrales del director. Cinco años después, Cameron Crowe estrenó Vanilla Sky, con Tom Cruise como protagonista y Penélope Cruz repitiendo el papel que había hecho en la versión española. El presupuesto no fue un problema, pero la atmósfera inquietante y existencialista del original se diluyó en el camino.
Del terror al thriller judicial
En 2008 apareció Quarantine, la versión estadounidense de [REC], que Jaume Balagueró y Paco Plaza habían estrenado un año antes. La apuesta fue replicar la película casi plano por plano, pero la dirección de John Erick Dowdle recibió la etiqueta de genérica. El tramo final de la cinta española, ligado a posesiones demoníacas, fue reemplazado por una explicación de ciencia ficción que le quitó peso al terror psicológico.
El salto de género se repitió con Secret in Their Eyes, estrenada en 2015, seis años después de que El secreto de sus ojos ganara el Óscar a mejor película de habla no inglesa. La producción de Juan José Campanella había tenido un enorme éxito; su remake no convenció ni a la crítica ni al público. La historia perdió su contexto sociopolítico y su identidad cultural, los personajes quedaron simplificados y el final emotivo cambió de peso dramático.
Dos estrenos fallidos en 2023
Ese año llegaron dos adaptaciones más. Retribution tomó El desconocido, el thriller de Dani de la Torre de 2015 sobre un director de banco extorsionado por las preferentes bancarias. La tensión social del original se transformó en una película de acción ligera, con Liam Neeson al frente, motivaciones distintas para el villano y explosiones en lugar de angustia.
El otro caso fue Champions, remake de Campeones, la película de Javier Fesser de 2018. Dirigida por Bobby Farrelly y protagonizada por Woody Harrelson, eligió una estructura más predecible y sentimental, y perdió la espontaneidad y el humor irreverente que caracterizaban al original. El sello autoral de Fesser, coinciden las lecturas, es difícil de replicar.
La lista no es extensa porque la práctica tampoco es tan frecuente. Lo que dejan estos casos es una constatación: el éxito comercial de una película no garantiza que su esencia sobreviva a un cambio de idioma, de elenco y de industria.