Los caminos rurales de la Argentina pueden encontrarse hasta cinco metros por debajo del nivel de los campos que atraviesan. El dato no es una excepción climática ni un fenómeno aislado: según el ingeniero agrónomo Daniel Costa, se repite en todo el país y responde a una forma de gestionar la red vial terciaria que lleva más de 70 años aplicándose al revés.

Costa tiene 73 años, es productor agropecuario, vive en Peirano, Santa Fe, y preside la Asociación Argentina de Caminos Rurales Sustentables (AACRuS), una entidad civil sin fines de lucro constituida en 2021 que ya fue convocada desde Paraguay por problemas similares. Lleva dos décadas dedicado a estudiar la erosión de los caminos.

El diagnóstico, según Costa

El especialista apunta contra lo que llama "diagnósticos errados". En diálogo con la asociación que preside, plantea que el conocimiento con el que se administran los caminos rurales es la raíz del deterioro. "Hace más de 70 años que hacemos todo al revés, al menos en lo que concierne a manejo de tierras", afirma.

Su argumento central es que las remociones permanentes de suelo, cuneta a cuneta, destruyen la cobertura vegetal y modifican la estructura del terreno. Esa práctica, sostiene, disminuye la densidad del suelo, lo afloja y lo infla, lo que después deriva en compactaciones irregulares generadas por el tránsito, ya sea en seco o con lluvia.

"Con las remociones permanentes y las pendientes pronunciadas creamos las condiciones para que las lluvias y vientos erosionen los caminos", explica Costa. Los surcos que aparecen en los caminos, conocidos como "serruchos", serían la señal visible de ese proceso.

La magnitud del problema

Según el presidente de AACRuS, las pérdidas de nivel no se explican por causas naturales sino por factores antrópicos, es decir, por la acción humana. La diferencia de rasante entre el camino y el campo varía entre medio metro y cinco metros, una cifra que considera alarmante.

El fenómeno no se limita al estado de la calzada. Costa enumera consecuencias más amplias: alteración de los cursos naturales de agua, debilitamiento de las columnas que sostienen el tendido de cables, alambrados y tranqueras que quedan inutilizados, y alcantarillas que terminan colgadas, lo que acelera los daños.

La asociación que dirige trabaja sobre la parte técnica y los principios de gestión. Costa distingue dos enfoques: el sistema convencional, que define como de "carbono negativo" porque emite más de lo que captura, y el sustentable, de "carbono positivo", que captura más de lo que emite.

Una definición que cambia todo

Para Costa, el problema arranca en cómo se define un camino rural. La definición clásica habla de vías de bajo tránsito que conectan territorios productivos, pueblos pequeños y escuelas. Esa mirada, según él, separa al camino del territorio y genera una ceguera en la evaluación de pérdidas de suelo, biodiversidad, aguas excedentes y balance de carbono.

Desde la gestión sustentable, en cambio, propone otra definición: franjas angostas y extensas de territorio que se intervienen para dar conectividad al resto. El cambio de enfoque, sostiene, es el punto de partida para revertir una práctica que ya lleva siete décadas.

AACRuS promueve su sistema en algunos departamentos de Santa Fe desde 2018, antes incluso de constituirse formalmente como asociación civil.