El economista de Idesa, Jorge Colina, informó este martes que la inversión productiva en Argentina registró una caída del 7,8 % en lo que lleva del 2024, situándose en 15,1 % del PBI, y sostuvo que para retomar un crecimiento sostenido el país necesita elevar esa cifra al menos al 25 % del PIB.
Según sus cálculos, la inversión actual se mantiene por debajo del nivel necesario para generar un impulso estructural en la economía.
Obstáculos a la inversión
Colina atribuye la debilidad a la desconfianza que persiste entre ahorradores y empresarios, tras años de inestabilidad macroeconómica. “Los argentinos siguen desconfiando de la economía y por eso no invierten en fábricas ni en infraestructura”, explicó.
"El 25 % es lo que tuvo Chile cuando más creció en los noventa, lo mismo con Perú, y los asiáticos ya superan el 30 %", afirmó el economista.
El ahorro se destina mayormente a la compra de dólares: "Mensualmente los argentinos adquieren alrededor de USD 3.000 millones, que terminan en cuentas de home‑banking en lugar de financiar proyectos productivos".
Colina recordó que, durante la década de los noventa, cuando la convertibilidad garantizaba estabilidad, la tasa de inversión superó el 20 % en 1996 y 1997. La salida abrupta del régimen dejó una herida profunda que aún afecta las decisiones de inversión.
Propuestas para reactivar el capital
El economista propone eliminar el cepo cambiario y permitir que el tipo de cambio flote libremente, lo que, según él, devolvería confianza a los agentes económicos.
También sugiere reducir las tasas de interés y desvincular la financiación pública de la inversión privada, para que los recursos no se canalicen exclusivamente a la compra de títulos del Estado.
Enfoque sectorial y futuro cercano
Colina señala que gran parte de la inversión esperada se concentra en sectores como Vaca Muerta, la minería y la agroindustria, mientras que la economía urbana recibe menos atención.
"Mientras Vaca Muerta se mantenga fuerte, el resto de la economía seguirá rezagada", advirtió.
El economista concluye que, para lograr una recuperación equilibrada, es necesario combinar la apertura cambiaria con una política de tasas más flexible y una mayor diversificación de los destinos de la inversión.