Hay una familia argentina que cambió el barrio por el océano. Desde hace ocho años vive a bordo de un velero bautizado Barco Amarillo, junto a sus dos hijos y una perrita. El último gran desafío fue una travesía de 28 días sin escalas a través del Pacífico, que los llevó hasta la Polinesia Francesa.
Antes de esa larga navegación, la pareja y sus hijos habían hecho escala en Brasil y Panamá. Esos países funcionaron como etapas de un recorrido que terminó por convertir a la Polinesia Francesa en su nuevo hogar flotante.
Una casa que se mueve
La vida a bordo no se parece a unas vacaciones eternas. Implica organizar el día a día en espacios reducidos, repartir tareas y sostener rutinas con el mar como único paisaje fijo. La crianza de los chicos también ocurre en ese contexto: la escuela, los juegos y los vínculos se desarrollan lejos de la vida urbana convencional.
El velero es, al mismo tiempo, vivienda, medio de transporte y proyecto familiar. Cada tramo de navegación exige planificación: provisiones, clima, mantenimiento de la embarcación y cuidado de la perrita, que también forma parte de la tripulación.
De Sudamérica a la Polinesia
El recorrido que los llevó por Brasil y Panamá anticipó la etapa más exigente: la travesía del Pacífico. Cruzarlo sin escalas durante 28 días implicó convivir las 24 horas en alta mar, con turnos de guardia y una logística que no admite improvisaciones.
La llegada a la Polinesia Francesa marcó un cambio de etapa. Allí la familia se instaló y continúa con su rutina sobre el agua, lejos de Argentina pero con el mismo esquema de vida que sostiene desde hace ocho años.