Hirokazu Koreeda vuelve a la ciencia ficción con Kakeru (Sheep in the Box), una película en la que una pareja devastada por la muerte de su hijo entrega los recuerdos del niño a una empresa para alimentar a una inteligencia artificial con su imagen y semejanza. El estreno marca el regreso del cineasta japonés al género fantástico después de casi dos décadas, desde Air Doll (Muñeca de aire) (2009) y After Life (1998).
Koreeda es un director esencialmente realista, conocido por retratar la vida cotidiana y explorar la temática familiar con un ritmo pausado. Esa mirada lo emparenta con Yasujirō Ozu, y hace que su incursión en la ficción más fabulosa resulte particular. En Kakeru, no lleva al espectador a un futuro de naves y neones, sino a uno que apenas se diferencia del presente: drones que reparten paquetes, un minimalismo acentuado, ropa que parece de una colección vanguardista y androides que existen.
Un futuro cercano y reconocible
La trama parte de una premisa conocida: un matrimonio destruido por la pérdida de su hijo recurre a una empresa para volcar todos los recuerdos del niño en una inteligencia artificial hecha a su imagen. El filme introduce dilemas como el valle inquietante que genera el robot, la posibilidad de que no sea un calco exacto del hijo y su eventual ingreso a una secta de androides.
Sin embargo, esos elementos terminan diluyendo la idea central: cómo atraviesan el duelo el padre y la madre. La película desconcierta al sugerir una revolución de robots que finalmente no desarrolla, porque la historia no va por ese lado. Koreeda no parte de una idea rompedora como en Air Doll, y aunque no es un requisito indispensable, la falta de dilemas morales menos habituales hace que el filme no se diferencie de otros.
Recursos narrativos y contraste visual
Pese a ser una película de ciencia ficción, Koreeda la graba en 35 mm para volverla más terrenal. Tiñe la imagen con colores fríos y desaturados que la acercan a la artificialidad de las máquinas, aunque la luz quema o emborrona la imagen y la vuelve más una ensoñación que una ventana al futuro.
El contraste también aparece en la puesta en escena: una casa moderna en un pueblo tradicional, música de violonchelo que referencia a los árboles y voces cantadas que aluden a los androides. Koreeda mantiene planos sostenidos que ralentizan la acción, encuadres generales y un desarrollo costumbrista de la vida de los personajes.
Una familia en el centro
En el fondo, Koreeda vuelve a contar la historia de una familia, un terreno que domina con soltura. Esta vez se prestaba a repetir su fórmula en un contexto nuevo, pero no logra conjugar todos los elementos disponibles. El resultado se parece más a un remake japonés de A.I. Inteligencia Artificial (2001) de Steven Spielberg que a una película de autor. Juzgada desde ese lugar, habría salido mejor parada, porque resulta interesante ver cómo dos directores tan distintos abordan un mismo tema.
Kakeru queda como una obra que no termina de encontrar su centro, atrapada entre el retrato familiar que Koreeda maneja con maestría y una ciencia ficción que no termina de desarrollar.