La chinchilla silvestre, habitante de los Andes entre 3.000 y 5.000 m de altitud, está al borde de la extinción. Entre 1895 y 1920 la industria peletera mató a millones de ejemplares, y en 1953 la especie fue declarada en estado crítico en Argentina.
Biología y hábitos
Este roedor, considerado el más suave del planeta, pesa entre 250 y 800 g y posee una cola esponjosa de 8 a 15 cm. Su pelaje, gris perla en el dorso y blanco ventral, contiene entre 60 y 80 pelos por folículo, mucho más que el humano (1‑3). Son nocturnos, viven en colonias familiares de 15‑100 individuos y se refugian en grietas rocosas.
Se alimentan de pastos, líquenes, cactus, semillas y otras plantas de alta montaña, extrayendo la humedad del rocío para sobrevivir en ambientes áridos.
Amenazas y declive
La caza para la obtención de pieles fue la causa principal del colapso. Para producir una sola capa se necesitaban entre 100 y 150 chinchillas, lo que provocó una reducción de más del 95 % de la población silvestre. Los depredadores naturales —cóndores, águilas, zorros y pumas— ahora superan en número a la propia chinchilla.
"La presión peletera casi aniquiló a la chinchilla silvestre", señaló la UICN.
Estado legal y esfuerzos de recuperación
Según la UICN, la Chinchilla lanigera está catalogada como En Peligro (EN) y la Chinchilla chinchilla como Críticamente Amenazada (CR). Desde 1954 la caza y el comercio están prohibidos en Argentina. Programas de reintroducción buscan restablecer poblaciones en zonas de Jujuy y San Juan, donde aún se registran avistamientos esporádicos.
En cautiverio, los ejemplares pueden vivir entre 15 y 20 años, lo que ha permitido mantener la especie fuera de la extinción total.