A pocos días del 31 de octubre, las calabazas naranjas con cara negra volvieron a llenar vidrieras de cotillones, bazares y kioscos de todo el país. Es el accesorio que los chicos usan para juntar golosinas durante la recorrida de la tarde y la noche, y este año se consigue en versiones sueltas o en paquetes, con precios que van de $4000 a $6000 por unidad.

La demanda se concentra en los comercios de cotillón y golosinerías, que vienen registrando un movimiento creciente con cada edición de la fecha. El formato clásico incluye una tapa a presión con forma de sombrero y una manija negra para colgarla del brazo, lo que la vuelve compatible con cualquier disfraz.

Dónde conseguirlas y cuánto salen

Las calabazas se venden en bazares, cotillones, kioscos y negocios de golosinas, con o sin caramelos en su interior según lo que busque el comprador. En el circuito online aparecen sobre todo en packs de seis, 10 y 12 unidades, pensados para familias con varios chicos o para quienes organizan actividades en grupo.

El precio base ronda entre $4000 y $6000 cuando se compra una sola unidad. La cifra sube si se elige un modelo con luces de colores, una variante que gana terreno entre los más chicos por el efecto visual una vez que cae el sol.

Una costumbre con raíces lejanas

La celebración llegó a Estados Unidos de la mano de los inmigrantes irlandeses, que traían la tradición del "All Hallow's Eve", la víspera del Día de Todos los Santos que la Iglesia católica conmemora el 1° de noviembre. Esa fecha fue fijada por el Papa Gregorio III en el siglo VIII para honrar a los mártires y a los santos no canonizados.

Detrás de esa versión católica hay una fiesta celta anterior, el Samhain, que se extendía por tres días y comenzaba justamente el 31 de octubre. Los druidas y su comunidad marcaban así el cierre del verano y la llegada de los días cortos y fríos del otoño en las Islas Británicas, con especial presencia en Irlanda.

Con el tiempo, la conexión con lo sobrenatural se impuso sobre el sentido religioso y la fecha se expandió por buena parte del mundo, sin distinción de credos. En la Argentina, ese recorrido se traduce cada año en una vidriera de cotillón que se renueva y en chicos que salen a la calle con su calabaza bajo el brazo.