Los exoesqueletos dejaron de ser un elemento exclusivo de las películas. Estos equipos, que combinan estructuras de soporte con sistemas mecánicos o motorizados, ya se utilizan en depósitos, operaciones de rescate en montaña y procesos de rehabilitación. Su función principal es acompañar el movimiento del cuerpo y disminuir la carga física que exigen ciertas tareas.

El especialista Tomás Balmaceda analizó el fenómeno durante una columna y describió las variantes que existen en la actualidad, sus aplicaciones concretas y las limitaciones que todavía enfrentan.

Dos familias bien distintas

La primera gran división que planteó Balmaceda separa a los equipos pasivos de los activos. Los pasivos no cuentan con motores: se apoyan en estructuras que reparten el peso y ayudan a sostener una postura determinada. Los activos, en cambio, suman sistemas motorizados que aportan fuerza y estabilidad al usuario.

"Tenemos exoesqueletos pasivos, que son los que simplemente me ayudan a acomodar, a que yo pueda tener una mejor postura. Y hay otros que son activos, es decir, que me dan más fuerza, que me dan más estabilidad", detalló.

Los modelos sin motor encontraron su lugar en centros de distribución y depósitos, donde los trabajadores levantan objetos, repiten movimientos o pasan horas en posiciones forzadas. La promesa es aliviar parte de ese desgaste, aunque el resultado depende de la tarea y de cómo se use el equipo.

El peso de la historia y el precio del presente

Los exoesqueletos activos dependen de motores y sistemas de control para seguir los movimientos de quien los lleva. Durante décadas, su desarrollo estuvo limitado por tres factores: el peso, el costo y la necesidad de contar con energía suficiente.

Balmaceda recordó el proyecto Hardiman, desarrollado por General Electric, como uno de los primeros intentos de crear una estructura robótica que amplificara la fuerza humana. "Era muy complicado de cargar, necesitaba mucha energía y era muy caro y muy pesado", rememoró. Los avances en baterías y componentes electrónicos permitieron equipos más compactos, pero el precio y la autonomía siguen siendo asignaturas pendientes.

De la montaña al mercado recreativo

Una de las aplicaciones más llamativas es la asistencia a equipos de rescate. Balmaceda mencionó el caso de Seattle Mountain Rescue, una organización estadounidense que emplea esta tecnología para moverse en terrenos complicados. Los dispositivos motorizados pueden ayudar a piernas y caderas durante caminatas largas o traslados de equipamiento pesado, con el objetivo de reducir la fatiga. La ayuda no reemplaza la capacitación de los rescatistas ni funciona igual en cualquier tipo de suelo.

La tecnología también desembarcó en el ámbito recreativo. Balmaceda presentó HyperShell, un equipo motorizado que se ajusta a la cintura y las piernas para asistir el movimiento en caminatas y actividades de montaña. Uno de esos modelos ronda los USD 2.500, un precio que todavía limita el acceso para muchos usuarios.

Usos militares y desafíos pendientes

El sector militar es otro de los terrenos donde se exploran estos sistemas, sobre todo para trasladar equipamiento pesado en tareas logísticas. Balmaceda vinculó estos desarrollos con la guerra en Ucrania y mencionó imágenes de dispositivos destinados al transporte de armamento. Las prestaciones, aclaró, cambian según el modelo y no todos los equipos alcanzan el mismo nivel de asistencia.

El futuro de esta tecnología dependerá de cuánto logren bajar los costos, mejorar la autonomía y adaptar los diseños a cada tarea específica. Por ahora, los exoesqueletos ya dejaron de ser una promesa lejana para convertirse en una herramienta concreta en fábricas, montañas y hospitales.