Dos novelas argentinas vuelven a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: qué se hace con el pasado cuando el mundo que lo sostenía ya no existe. Se trata de Los reportajes de Félix Chaneton, de Carlos Correas, y El traductor, de Salvador Benesdra. El ensayista Pedro Yagüe las aborda en un texto que retoma una idea de Horacio González para pensar cómo se lee hoy ese desfase.

La clave, según esa mirada, está en que una época no se cierra del todo con su descripción. No alcanza con enumerar películas, ropa o palabras de moda. Lo que permanece son los interrogantes que nadie pudo responder y que siguen pasando de una generación a otra. El tiempo de una historia, entonces, no lo marca el pasado que se narra sino el presente desde el cual se lo vuelve a leer.

Dos derrotas, un mismo desfase

En las dos novelas aparece la figura de quien sobrevive a un mundo que se derrumbó. En Correas, el fracaso de las inquietudes existenciales que se habían gestado en los años cincuenta se hace visible en el mundo de los setenta. En Benesdra, el desmoronamiento del horizonte político e intelectual de esa misma década deja un presente que cuesta reconocer.

Yagüe señala que los personajes quedan encerrados en sí mismos y se topan con las dos caras de la derrota. Por un lado, un presente sin pasado: el escepticismo posmoderno que Zevi, el protagonista de El traductor, descubre en quienes volvieron de todas las pasiones políticas, ideológicas y literarias sin haber hecho nunca el viaje de ida. Por el otro, un pasado sin lugar en el presente, cuando ya nadie cree de verdad en las utopías generales de antes.

Caminar sin rumbo por Buenos Aires

Ese desfase también se vive en la ciudad. Las dos novelas narran recorridos a la deriva por Buenos Aires, con hombres que intentan entender el presente con las preguntas de un mundo que ya no está. Zevi lo dice a su manera: "Me puse a caminar sin rumbo, para cansarme, para descargar la angustia, para escapar de no sabía ya qué cosa".

Chaneton también se pregunta de qué huye: "¿De la esterilidad? De la vergüenza, seguramente, es decir, de los demás, de las miradas de los demás inclinados sobre mí, sobre mi pasado". Los dos atraviesan la ciudad con la extrañeza de quien la identifica pero no la reconoce.

En el caso de Chaneton, la casa de sus suegros y su monotonía insoportable se vuelven el escenario donde se las arregla para sufrir y enfrentarse consigo mismo. Vuelve entonces una pregunta de juventud bajo otra forma: cuál fue el precio que pagó por haberse convertido en alguien. El alcohol aparece como el único reencuentro con el mundo: "Estoy borracho, continuamente me trasciendo", dice el personaje.

Lo que queda abierto

Chaneton necesita tener una vida, algo que los demás puedan nombrar como "la vida de…". Pero no la encuentra en ninguna figura ni institución: ni en la familia y el marido, ni en la política y el hombre nuevo, ni en la universidad y el profesor, ni en la literatura y el autor.

Zevi, por su parte, se entera por la radio de un taxi de que la Unión Soviética dejó de existir sin disparar un solo tiro. La escena condensa el desconcierto: cómo seguir en un mundo nuevo cuando las preguntas que uno trae ya no encuentran dónde apoyarse.

La lectura de Yagüe se apoya en esa idea de González: lo trágico es que algo se consume y deja a quienes vienen después fuera de lugar. Las dos novelas, más que cerrar el diagnóstico, sostienen la pregunta que todavía dejan abierta.