El gobierno norcoreano comunicó que reanudará la emisión de mensajes de propaganda contra Corea del Sur a lo largo de toda la frontera, con la puesta en marcha prevista antes de fin de octubre. La información la dio Kim Yo-jong, hermana del líder Kim Jong-un, tras inspeccionar los trabajos de fortificación en la zona limítrofe.

Durante su visita, la vocera del régimen constató el despliegue de nuevas posiciones de artillería y la instalación de minas, alambre de púas y barreras antitanque. Estas obras forman parte de la estrategia de Kim Jong-un para aislar a Seúl y presentar al sur como un adversario permanente.

"Los altavoces para la guerra psicológica estarán en funcionamiento en cuestión de días", declaró Kim Yo-jong.

Según el comunicado, los dispositivos de transmisión se activarán a lo largo de la Línea de Demarcación Militar y se espera que operen antes de noviembre. La medida se produce tras los incidentes del 21 de septiembre, cuando explosiones de minas hirieron a tres soldados surcoreanos.

Reacción de Seúl

El alto mando militar surcoreano calificó la amenaza como “intolerable” y ordenó a sus fuerzas responder con firmeza ante cualquier provocación.

"Responderemos con medidas proporcionales", afirmó Chung Binna, portavoz del Ministerio de Defensa de Corea del Sur.

Seúl ha señalado que, si las transmisiones se concretan, adoptará acciones que aún no ha detallado. El jefe del Estado Mayor Conjunto, Jin Yong-Sung, advirtió que los guardias fronterizos norcoreanos no mostrarán clemencia ante lo que describió como “delincuentes armados”.

Contexto y análisis

La práctica de usar altavoces para la guerra psicológica data de la Guerra Fría y ha sido intermitente entre ambas Coreas. El presidente surcoreano Lee Jae-myung había suspendido las transmisiones de su lado al asumir el cargo el año pasado, en un intento de distensión que ahora se ve amenazado.

El académico Lim Eul-chul, de la Universidad Kyungnam, señaló que la advertencia de Kim Yo-jong no implica necesariamente una activación inmediata y que Seúl enfrenta un dilema entre mantener el diálogo y responder a la escalada militar.