Convertir una vivienda en inteligente no exige una obra ni una inversión millonaria de arranque. Con alrededor de $20.000 ya se puede dar el primer paso: sumar una lámpara, un interruptor o un enchufe con conexión para manejar luces y artefactos desde el celular.

La cifra funciona como puerta de entrada a un mercado que escala rápido según cuántos dispositivos se quieran integrar. Si el plan incluye electrodomésticos, el presupuesto puede trepar hasta varios millones de pesos.

Tres objetivos, un mismo sistema

Los proyectos de domótica suelen ordenarse alrededor de tres metas concretas: automatizar tareas cotidianas, monitorear cuánta energía se consume y reforzar la seguridad del hogar. Cada una se puede encarar por separado o combinarlas en una misma red.

El punto de partida más económico apunta a lo básico: encender y apagar desde el teléfono, programar horarios y armar escenas que combinen varios artefactos. Ese primer escalón ya requiere menos obra que una instalación tradicional.

Qué empuja el gasto hacia arriba

El salto de precio aparece cuando la casa inteligente deja de ser un conjunto de dispositivos sueltos y pasa a controlar equipos de mayor porte. Ahí entran heladeras, lavarropas, aires acondicionados y otros electrodomésticos que se integran al sistema.

A mayor cantidad de artefactos conectados y mayor sofisticación del control central, más crece la inversión. La diferencia entre un hogar con luces automatizadas y uno completamente inteligente se mide, sobre todo, en esa ampliación del ecosistema.

Un mercado que se abre paso

La domótica dejó de ser un rubro exclusivo de viviendas de alta gama. La caída relativa de los costos de los componentes y la masificación de los asistentes de voz y las aplicaciones móviles hicieron que el primer paso esté al alcance de más hogares.

El desafío, en la mayoría de los casos, no pasa por la tecnología sino por definir hasta dónde se quiere llegar. Empezar por un ambiente y ampliar después es la estrategia más frecuente para no convertir la actualización en un gasto imposible de sostener.