Daniel Aráoz suma un nuevo desafío a una carrera que lleva décadas repartida entre televisión, cine y teatro. Este sábado estrena Esperando a Godot, la obra que Samuel Beckett escribió en 1948, en el Teatro Presidente Alvear, con funciones de miércoles a domingos. Es su primera vez en el Complejo Teatral de Buenos Aires y lo hace junto a Luis Ziembrowski, Osvaldo Santoro y Pablo Seijo, bajo la dirección de la española Helena Pimenta.
El actor cordobés llegó al texto de Beckett con una imagen grabada desde la juventud: el afiche de los dos hombrecitos, el árbol y la luna. "Siempre esperando", resume. Había leído Fin de partida, del mismo autor, pero nunca se había enfrentado a esta pieza hasta que lo convocaron, ya con 63 años.
Una condición antes de aceptar
Aráoz puso una exigencia para sumarse al proyecto: que la dirigiera una mujer. "Si no la hubiera dirigido una mujer no lo hubiese hecho", afirma. Para él, esa mirada femenina resultaba indispensable en una obra donde todos los personajes son hombres y donde aparecen la metáfora del poder, la espera y el juego. Pimenta, con trayectoria en el teatro independiente y en el clásico español, cumplió ese requisito.
La lectura del texto lo conmovió por otro costado. Ve en Beckett a un hombre escéptico y pesimista que, en medio de la desesperación, recurre al arte de escribir y allí se encuentra con su niño interior. Para Aráoz, esa figura representa a millones de chicos y jóvenes que aguardan un mundo sin guerras, sin corrupción y sin hambre.
"Esa espera significa la resistencia", sostiene el actor sobre el sentido que le encuentra a la obra.
Cine, familia y un templo en Palermo
El 2026 lo encuentra con varios frentes abiertos. Filmó Un funeral y medio, la versión argentina de la comedia inglesa Muerte en un funeral, junto a Guillermo Francella y Adrián Suar. También viajó a México para rodar Desértiko, un thriller psicológico.
En lo personal, hace 34 años comparte su vida con la artista plástica y arquitecta Renata Morini, a quien conoció en su Córdoba natal y con quien se reencontró en 1992. Juntos criaron a Pedro y Lola en una casa de Palermo que el actor define como "el templo", su refugio de sanación. Allí, entre paredes cubiertas por obras de su esposa, ceba mates y muestra orgulloso una guitarra criolla que está empezando a aprender.
Antes de este presente, el camino no fue sencillo: sus primeros años en Buenos Aires estuvieron marcados por las dificultades, aunque ya formaba parte de La noticia rebelde y había trabajado con Antonio Gasalla.