Al Pacino estuvo a punto de cumplir uno de sus grandes deseos como intérprete y lo perdió en una sola conversación. A fines de los años setenta, el actor ya era una figura consagrada del cine, con varias nominaciones al Oscar en su haber, cuando fue convocado para encabezar una puesta de Hamlet en el Festival Shakespeare de Nueva York. El personaje lo obsesionaba desde sus inicios y lo consideraba la cima de la dramaturgia: llegó a calificar el monólogo "ser o no ser" como el mejor texto escrito para un actor.

Un sueño que duró poco

La oportunidad parecía perfecta. Sin embargo, el vínculo con el director Joseph Papp se quebró antes de que la obra llegara a escena. El motivo fue una diferencia de criterio sobre cómo resolver un pasaje central del clásico de Shakespeare. La pulseada terminó con la salida de Pacino del proyecto y, según su propio relato, sin margen para revertir la decisión.

El conflicto se originó en el diálogo de Hamlet con el fantasma de su padre. El actor quería correr ese encuentro sobrenatural hacia otro lugar de la trama y privilegiar el vínculo con el padre todavía vivo.

"Le dije a Joseph Papp: no me interesa hablar con mi padre ahora mismo como fantasma, quiero reservarme eso, me interesa hablar con mi padre antes de que se convirtiera en fantasma", recordó el intérprete. "Poco después, me despidieron".

La cuenta pendiente de una carrera consagrada

Con los años, Pacino volvió una y otra vez sobre esa asignatura que quedó sin resolver. Incluso sostuvo en más de una entrevista que "nadie me ha pedido interpretar a Hamlet", una frase que llama la atención porque la propuesta sí existió, aunque no llegó a concretarse.

Pese al golpe, el actor siguió ligado al universo del dramaturgo inglés en otros montajes y nunca dejó de elogiar su obra. Lo que no volvió a aparecer fue la chance de ponerse en la piel del príncipe de Dinamarca en una producción completa. La carrera de Pacino acumuló después premios, elogios y papeles memorables, pero ese Hamlet quedó como la gran deuda de su trayectoria.